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El ave que no sabía volar

Apenas había escuchado un sonido extraño cuando la luz del día se colaba por las fisuras de su cascarón. Enceguecido, no tuvo más remedio que dejarse guiar por el instinto y aferrarse con todas sus fuerzas a esa luz, que apenas acababa de conocer, y que de repente llenaba todo lo que conocía como su realidad.

Se trataba de un polluelo que, temeroso, se dio cuenta que todo había cambiado. Tenía un cuerpo, de piel pálida y desnuda. Descubrió que tenía dos alas, un pico y dos patas. Era un cuerpo que comenzaba a cambiar y robustecerse más pronto de lo esperado. Poco tiempo después fue empezando a ver su entorno y supo que esa gran luz había traído consigo todo un mundo nuevo y desconocido para él. Para ese entonces, se había convertido en un ave joven y hermosa. Encontró un mundo lleno de colores y formas que nunca antes imaginó. Había aprendido a desplegar sus enormes y coloridas alas y a reconocer la grandeza de su ser. Y a pesar de que el ave disfrutaba mucho de la vista desde su nido, caminaba por las montañas y anhelaba desde lo alto llegar más allá de lo que sus ojos podían ver. Soñaba con abrir sus alas y dejar que el viento la desplace por rumbos que no conocía y que sabía que quería conquistar. Con el firme propósito de hacerlo, intentaba e intentaba pero sus esfuerzos eran en vano. Probó todas las maneras que se le ocurrían pero nada sucedía. Fue después de muchos intentos fallidos que se dio cuenta de que no sabía volar. Triste y cabisbajo, lamentaba mucho su situación y culpaba a esa luz por haberla sacado de su pequeño mundo y por haberle sembrado esos anhelos que pensaba que no podría alcanzar.

La noche caía y todo se perdía en medio de la oscuridad. Lo que antes le causaba tanto gozo, ahora era la razón mayor de su tristeza, su vida ya no tenía sentido. Rendido y abrumado, el ave se durmió esperando volver a encontrar esa luz culpable de su desgracia. Estaba a punto de amanecer cuando nuevamente escuchó un estruendoso ruido. Se trataba del volcán sobre el cual reposaba su nido que había entrado en erupción. El ave no dejaba de pensar en su vida antes de esa luz pero era muy tarde para lamentarse, sino corría, moriría.

Sin embargo creía que esa luz, que un día se convirtió en la causante de su desgracia, tenía que escuchar su reclamo. Gritó al viento eso que tanto anhelaba pero no hallaba respuesta. Mientras pensaba, el tiempo pasaba y la erupción se acercaba, veía el rojo vivo de la lava que corría con mayor prisa que ella. Estando a punto de morir, de pie en el borde de la montaña, no tuvo más remedio que cerrar sus ojos y lanzarse al vacío, a pesar de que sabía que su audacia no lo salvaría. Tras caer por varios segundos, el ave -que creía que ya estaba muerta- abrió sus ojos, y al hacerlo, se encontró una vez más con esa luz que un día trizó su cascarón, solo que esta vez ya no era enceguecedora, mas bien, era una sensación que nunca antes experimentó. Sentía el aire correr por debajo de su emplumado cuerpo... sentía la libertad del volar.

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